“TIEMPOS
MODERNOS” Y EL CINE DE CHARLES CHAPLIN
Especialmente escrito
por Gustavo J. Castagna
para el C.I.C.
Director, actor, empresario,
guionista, productor, músico. Personaje de cine y personaje
de la llamada vida real. Referente esencial de la historia
del cine durante sesenta años. Individuo donde se confunde
lo público y lo privado. Conflictivo, amante y seductor de
jovencitas vírgenes, payaso, mimo, esposo, padre y abuelo de
una docena de nietos. Millonario, evasor de impuestos,
crítico de la sociedad norteamericana, genio, sentimental o
sentimentaloide según sus admiradores y detractores, dueño
de una increíble riqueza interpretativa, sustentada en el
conocimiento de la psicología del espectador, al cual
manejaba de manera inteligente sus tristezas y alegrías, sus
lágrimas y carcajadas. Charles Spencer Chaplin fue todo esto
y mucho más y el cine, desde el sentido más amplio de la
palabra, le pertenece. Un afiche, un personaje, un director,
un actor: varias o interminables personalidades se confunden
en su figura. Denostado y alabado por igual, Chaplin fue un
artista del siglo XX, en el sentido más renacentista de la
palabra: hizo de todo, muchas cosas bien y otras mal, pero
resulta imposible permanecer indiferente a su trascendental
figura. Fue, es y será un símbolo cinematográfico a secas.
Nació en Inglaterra y trabajó
en teatro protegido por el control materno. Desde joven se
percibía su inteligencia y sus muecas felices y melancólicas
que emocionaban al espectador de comienzos de siglo. A una
corta edad comenzó a trabajar en la Keystone, la factoría de
cómicos del tosco empresario Mack Sennett, y luego de
algunos cortometrajes donde interpretó diversos papeles, a
los dos años de estadía en la productora, encuentra su
personaje clásico: el vagabundo de zapatones, sombrerito,
bastón y ropa deshilachada, de mirada triste y festiva. El
paso por la Keystone culmina y Chaplin firma suculentos
contratos en otras empresas: Mutual, Essanay y First
National. Su cuenta bancaria se acrecienta a través de
cortos y mediometrajes que lo erigen en el preferido del
público. A fines de la década del 10 funda Artistas Unidos
junto al matrimonio actoral Mary Pickford y Douglas
Fairbanks y al consagrado director David Wark Griffith.
Chaplin está en las antípodas ideológicas del realizador de
"Intolerancia" pero los negocios son más importantes que
cualquier otra cosa. Entre mediometrajes reconocidos ("Armas
al hombro", "El peregrino"), los años 20, sin embargo,
marcan su ingreso al largo, aún cuando se trate de ficciones
que oscilan entre los 60 y 70 minutos. El payaso golpeado de
los cortos deja lugar a un cómico de rasgos y objetivos
sociales, de discursos universales, popular, político.
Chaplin, conviene aclararlo,
nunca fue un innovador de la puesta en escena (como sí, en
esa misma década, ocurría con Buster Keaton), pero los
mensajes transparentes de sus obras, donde el marginado por
la sociedad y el lumpen sin trabajo sobrevivía en medio de
los horrores de este mundo, son más que suficientes para que
el espectador lo declare como un artista multifacético y de
reflexiones y opiniones sobre el devenir de la humanidad. El
humor, según Chaplin, es más efectivo si se desarrolla
dentro de una historia universal, donde una persona de
cualquier país del mundo se sienta plenamente identificada.
De ahí sus films de los 20: "El pibe", "Luces de la ciudad",
"El circo" y "La quimera del oro", este último, una
radiografía feroz sobre la ambición del ser humano y su nula
dosis de altruismo y solidaridad. En medio de sus clásicos
mudos, Chaplin arriesga su prestigio con "Una mujer de
París" (1923), donde solo realiza un cameo, pero se dedica a
contar una historia de aristócratas de medio pelo
confabulados únicamente para ganar más y más dinero.
El advenimiento del sonoro
sumerge a Chaplin en varias dudas y contradicciones: percibe
que su estatura como actor, con la utilización de la
palabra, perderá |
predicamento y admiradores.
Viejo zorro del cine a esa altura, Chaplin filma "Tiempos
modernos" (1936), recurriendo a pocas palabras y a efectos
sonoros, tomando como referentes a dos títulos tan disímiles
como importantes: "Para nosotros la libertad" (1931) de René
Clair y el monstruo germánico "Metrópolis" (1926) de Fritz
Lang. Sin embargo, más allá de las influencias, "Tiempos
modernos" es uno de sus películas más relevantes a través
del relato del operario de una fábrica, alienado y
adoctrinado por su labor diaria. Chaplin anticipa los
tiempos por venir transmitiendo una certera crítica al poder
empresarial y al auge de las máquinas en desmedro de las
manos del trabajador. Su rabioso y sabio humor se conjuga
espléndidamente en la escena en la que él concurre al
comedor de la fábrica y no puede manejar los movimientos de
sus manos o de su cuerpo entero. A fines de los 30 Chaplin
tiene más de un juicio pendiente con el poder de Roosvelt,
en tanto, los secuaces impositivos buscan afanosamente
destruir al mito. Chaplin tiene un pie adentro y otro afuera
de Estados Unidos cuando estrena "El gran dictador" (1940),
su primer film enteramente hablado, donde personifica dos
papeles: un dictador con claras reminiscencias de Hitler y
su sosías, un peluquero judío. "El gran dictador",
verborrágica y anacrónica en su puesta en escena, adquiere
un transparente mensaje universal sobre la necesidad de paz
en el mundo, especialmente, en el monólogo final de siete
minutos de duración.
Suiza es el paraíso del
destierro y las cientos de hectáreas de su mansión sirven
como descanso casi definitivo. Chaplin es una leyenda del
siglo XX cuando realiza su siguiente película: "Monsieur
Verdoux" (1948), donde interpreta a un veterano seductor que
se dedica a asesinar mujeres con el fin de conseguir sus
fortunas. Humor negrísimo y una extraordinaria
interpretación (pelo entrecano, gracioso, amable, amante de
las buenas formas son las características que describen a
Verdoux) caracterizan a una película que fue financiada por
capitales europeos y tardíamente distribuida en Estados
Unidos.
Rodeado de hijos y pequeños
nietos, Chaplin retorna en "Candilejas" (1952) a su
personaje más lacrimógeno y llorón, en este caso, metido en
la piel de Próspero, un viejo payaso que no tiene público y
que sobrevive gracias al amor de una joven bailarina. Varios
proyectos se postergan al mismo tiempo que publica su
autobiografía ("Mi vida", 1954, uno de los textos más
narcisistas que se escribieron jamás). Pero Chaplin tiene
una posibilidad de revancha con Estados Unidos y de eso
trata "Un rey en Nueva York" (1956), manual autobiográfico
en imágenes trazado con sutileza donde se cuenta el retorno
a Estados Unidos de un rey sin corona (él mismo, por
supuesto) y el triste descubrimiento de un mundo sin
solidaridades ni buenas intenciones. El mundo, en efecto,
había cambiado y Chaplin desmenuza el egoísmo de una
sociedad atenta al resultado diario de la Bolsa de Comercio
y a los números de Wall Street. "Un rey en Nueva York", en
todo caso, no es una comedia, sino una comedia política,
algo bastante diferente y muy original en manos de la
leyenda. Un inútil regreso y un desastroso film como "Una
condesa en Hong Kong" (1966, con producción de Carlo Ponti y
roles centrales a cargo de Sophia Loren y Marlon Brando),
donde interpreta un pequeño papel, señalan su epitafio no
solo estético sino también, económico.
Hollywood y el Oscar se
acuerdan que tienen una deuda pendiente: entregarle una
estatuilla honoraria por sus aportes al cine y todas esas
habladurías. En efecto, Chaplin es convocado a los 82 años a
retirar su único Oscar: la hipocresía lo aplaude de pie
durante varios minutos, esboza un par de agradecimientos y
se retira del
escenario, tambaleando a través
de sus años.
Se murió el 25 de diciembre de
1977, la noche de Navidad, como si hubiera
preparado de antemano, entre el arbolito y los regalos, su
despedida final. |