La
Rodilla de Clara (1970) pertenece
a la serie denominada Cuentos Morales, seis películas
realizadas entre 1963 y 1973 concebidas como variaciones
sobre un mismo tema. Siempre es la historia de un hombre y
dos mujeres. Mientras busca a la primera encuentra a la
segunda, para finalmente volver a la primera.
Las otras
cinco películas son La Panadera de Monceau, La
carrera de Suzanne, Mi noche con Maud, La
Coleccionista y ElAmor después del mediodía.
Los seis relatos que originaron las películas fueron
editados en forma de libro, bajo el título de Seis
Cuentos Morales, luego de terminarse de filmar la serie.
Es necesario aclarar, sin embargo, que esos textos
literarios no fueron “sacados” de las películas, sino que
las preceden cronológicamente.
ACERCA DE
LOS “CUENTOS MORALES”
“La idea
de estos Cuentos se me ocurrió a una edad en la que
yo no sabía aún si sería cineasta. Si los convertí en films,
es porque no conseguí escribirlos. Y si bien, en cierto
modo, es cierto que si los escribí fue únicamente para poder
filmarlos. Únicamente en la pantalla la forma de estos
relatos alcanza su plenitud, aunque sólo sea porque se
enriquece con un punto de vista nuevo, el de la cámara que
ya no coincide con el del narrador. En los textos escritos
falta una perspectiva, que un trabajo de redacción habría
podido dar mediante una descripción más o menos coloreada,
más o menos rica, más o menos lírica de los personajes, de
las acciones, de los decorados. Yo no he querido hacer ese
trabajo: más exactamente, no he podido. De haber podido y de
haberlo conseguido, me habría limitado a esta forma acabada
y no habría sentido ningún deseo de filmar mis Cuentos.
Pues, ¿por qué ser cineasta, si se puede ser novelista?
“En mis
Cuentos hay una intención literaria, una trama
novelesca establecida de antemano, que podría ser material
para desarrollar por escrito, como a veces efectivamente lo
hago, en forma de “comentario”. Pero ni el texto de este
comentario ni el de los diálogos son mi película: son cosas
que filmo, de la misma manera que los paisajes, los rostros,
los andares, los gestos. La palabra forma parte, al igual
que la imagen, de la vida que yo ruedo.
Lo que yo
“digo”, no lo digo con palabras. Tampoco lo digo con
imágenes, mal que les pese a todos los sectarios de un cine
puro que “hablaría” con las imágenes como un sordomudo habla
con las manos. En el fondo, yo no digo, muestro.
Muestro a gente que actúa y habla. Eso es todo lo que sé
hacer, pero ahí está mi verdadera intención.”
“Mi
intención no era filmar unos acontecimientos en bruto, sino
el relato que alguien hacía de ellos. Una de las razones por
las cuales estos Cuentos se denominan “morales” es
que están casi desprovistos de acciones físicas: todo se
desarrolla en la cabeza del narrador. Contada por otro, la
historia habría sido diferente, o no habría existido en
absoluto. Mis protagonistas, un poco como Don Quijote, se
toman por personajes de novela, pero quizás la novela no
existe. La presencia del comentario en primera persona se
debe menos a la necesidad de revelar unos pensamientos
íntimos, imposibles de traducir por la imagen o el diálogo,
que de situar sin equívocos el punto de vista del
protagonista, y convertirlo en el objeto de mi propia
intención de autor y de cineasta.”
“Cuando
emprendí el rodaje de mis Cuentos morales, pensaba
muy ingenuamente que podría mostrar bajo una nueva luz
algunas cosas –intenciones, sentimientos, ideas- que hasta
entonces solo habían recibido una iluminación literaria. En
los tres primeros, utilicé ampliamente el comentario. ¿Era
hacer trampa? Sí, si ese comentario contenía lo esencial de
mis intenciones, relegando la imagen al papel de
ilustración. No, si de la confrontación de ese discurso con
los discursos y el comportamiento de los personajes surgía
una especie de verdad completamente diferente de la letra de
los textos y los gestos, que sería la verdad de la
película.”
ERIC
ROHMER. El gusto por la belleza. Ediciones Paidos.
Barcelona, 2000
ERIC
ROHMER. Seis cuentos morales. Editorial Anagrama.
Barcelona, 2000
ACERCA DE
“LA RODILLA DE CLARA”
“La
Rodilla de Clara, en la versión novelada, se presentaba
en forma de un relato de Jérôme, que describía la
trayectoria de sus propios pensamientos. ¿Cómo pintar en la
pantalla esa pura emoción interior?. El comentario era la
regla, pero su superposición plana sobre la imagen me
parecía ociosa y artificial, puesto que en el origen de este
flujo de reflexiones había un acontecimiento único y cuya
unicidad era el precio. Aquí ya no era posible jugar con el
desfase entre el tiempo de la acción (en el sentido
gramatical del término) y el del pensamiento. Mostrar un
acto y dar el pensamiento preciso de quien lo realiza, en el
momento mismo en que lo realiza, ¿es cine o no?. No lo sé.
En todo caso, ello va en contra de esta verdad corriente
según la cual la mayor parte de las cosas que somos testigos
se desarrollan en menos tiempo del “que es necesario para
contarlas”. Así pues, en vez de superponer, decidí
yuxtaponer. En dos pasajes clave de la película, aquel en
que Jérôme contempla la mano de Gilles apoyada en la rodilla
de Claire, y aquel en que, en la cabaña, él apoyará a su vez
su mano, presento primero los hechos, de forma directa,
objetiva, dejando que se ignore todo acerca de los
pensamientos de mi personaje, y luego, en el curso de una
conversación, hago que los cuente él mismo a la novelista,
divertida y crítica: ¡Qué importan tus pensamientos –dice
ella-, lo importante es que formáis un grupo pictórico!
Pero el cine, pese al riesgo de partirse los riñones en el
empeño, querrá ir un poco más allá de esa simple pintura que
es.”
ERIC
ROHMER. El gusto por la belleza. Ediciones Paidos.
Barcelona, 2000
“La
Rodilla de Clara es un simulacro. El gesto es el
simulacro de un acto; la caricia, el de una posesión. El
relato es el simulacro de una aventura. Los Cuentos
morales nos sumergen en un mundo de simulacros, de
apariencias engañosas.
Como
demuestra esta película, el erotismo de Rohmer descansa
sobre la negación de la sexualidad. En cuanto a Jérôme, es
totalmente inadecuado evocar un “fetichismo de la rodilla”,
ya que su interés por ella no es de carácter sexual más que
en apariencia. La realidad es bien diferente: de lo que se
trata para el narrador, como de costumbre, es de terminar
con el gusto romántico, y en adelante, inoportuno, por las
aventuras, puesto que está a punto de casarse.
Evidentemente, Jérôme no es alguien que tenga una fijación
especial por las rodillas de las jovencitas; no es un
personaje de Buñuel ni de Nabokov. En ningún caso esta
película podría haberse titulado “La rodilla”, puesto que no
es la historia de una obsesión sexual, sino la de un desafío
y, más profundamente, la de una conjura en los dos sentidos
de la palabra: exorcismo y complot. Todo transcurre, de
hecho, como si Jérôme hubiera puesto sus miras sobre la
rodilla de la muchacha porque, del cuerpo deseable de Claire,
aquella era la parte menos comprometida. A medio camino del
pie (ridículo del fetichismo) y del sexo (vulgaridad del
deseo), la rodilla es la parte “baja” del cuerpo de Claire
menos sexual. En otras palabras; si Jérôme hubiera fijado
como objetivo de su conquista cualquier otra parte del
cuerpo de Claire, habría tenido que afrontar las
consecuencias azarosas de su deseo declarado de posesión. De
aquí se deduce que la rodilla de la joven es seleccionada
como punto de atracción erótica por nuestros personajes
únicamente en virtud de esta cualidad esencial: reducir al
mínimo las posibilidades de fracaso. “Poseer” por medio de
una caricia audaz la rodilla de Claire es suprimir la idea
misma de la posesión o, si se prefiere, sublimarla
perfectamente.
Al
contrario de lo que deja suponer falsamente el narrador,
éste jamás ha tratado de conseguir a Claire en tanto que
sujeto. Claire permanece fuera de la historia, y no sabrá
nada, no sentirá nada, no entenderá nada del cálculo
retorcido de Jérôme. El goce de éste habrá sido
perfectamente secreto y egoísta. Fortalecido por esta
victoria, Jérôme puede tomar la decisión de casarse con su
amante oficial, que en el relato permanece fuera de campo.
De la misma manera que, en el cine de Rohmer, existe una
intriga aparente y otra secreta que persigue y confiere
sentido a la primera, aquí hay una finalidad aparente (el
supuesto objetivo señalado por el título del film) que
enmascara la apuesta verdadera (el matrimonio que el
narrador –lograda en apariencia su finalidad aparente- ya
puede permitirse de entonces en adelante)”.
PASCAL
BONITZER. Incluído en el Número 9 de la revista Viridiana.
Madrid, 1995
“Cuando Rohmer
y yo fuimos a la región de Annecy, en busca de sitios para el
rodaje de La Rodilla de Clara, me expuso su deseo de que la
imagen tuviera un estilo “Gauguin”. Quería que las montañas
aparecieran lisas y azules sobre el lago, quería colores
uniformes. Lo que nos hizo pensar en Gauguin fueron las
superficies planas, verticales u horizontales, sin perspectivas,
de colores puros, que existían realmente en aquel lugar (Talloires).
Para armonizar el efecto pictórico deseado, se diseñó el vestuario
en consecuencia. Los interpretes llevan ropas de colores
uniformes. De haber telas estampadas, eran sólo con flores, como
en Gauguin. Por supuesto, no era más que un punto de partida, una
simple referencia; no quisimos atarnos a una idea preconcebida.
Pero no cabe duda de que la alusión a Gauguin - tan lejos de
Tahití- dio un estilo propio a esta película.”
“El paisaje era
más hermoso de lo que la película permite suponer, su variación y
exhuberancia resultaban extraordinarias: un auténtico paraíso para
el fotógrafo amateur. Pero lo que precisamente Rohmer deseaba
evitar, y yo estuve de acuerdo con él, fue una superabundancia de
bonitos panoramas, la tentación de hacer una colección de tarjetas
postales. Así que nos limitamos prácticamente a dos paisajes.
Procuramos incluso que el fondo no fuese llamativo en exceso, pues
los personajes tenían que ser casi siempre más importantes. La
variedad residía en que estos dos únicos paisajes se ven en la
película a diferentes horas y con distinta luz.”
“Rohmer
suspende durante un rodaje todas las funciones normales: no come,
no duerme, no atiende a su familia ni a sus amigos. En estado casi
de trance creativo, sus fuerzas están enteramente dedicadas a la
obra que está realizando. La energía y actividad que despliega son
sobrehumanas. Como no tiene ayudantes, ni continuista, lleva
cuenta de todo personalmente y se encarga hasta de gestiones y
recados nimios: llega al extremo de barrer el piso del decorado al
terminar la jornada y de preparar el té a las cinco para el
equipo, como es natural, una dedicación e intensidad semejantes en
el trabajo son recompensadas por un fervor unánime en todos sus
colaboradores. Quienes han trabajado en una película de Rohmer,
conservan un recuerdo imperecedero de la experiencia.”
NESTOR
ALMENDROS. Días de una cámara. Editorial Seix Barral.
Barcelona, 1982