Rascadores, masajeadores y alrededores

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Mi tío Alberto, cuya superficie de espinazo era afín a la de un portaviones, aunque tenía brazos largos, no podía llegar al centro de su espalda, con lo que resolvía la cuestión en la tranquera misma, con alambre o bien con lo que tuviera: se refregaba con fruición y después quedaba sosegado y equilibrado. No había agobio como es natural, ni cosas extrañas. Si por entonces a uno le dolía la espalda, o bien deseaba masajes -una mariconada para la temporada-, te daban unos plantines de lechuga o bien unas semillas de rabanito y la pala: sobraba tierra para descargar allá cualquier preocupación o bien cuita. Tras 2 horas de puntear y putear, no te quedaban más dolores y solo aguardabas el instante de irte a dormir, bien lacio…

Los tiempos cambiaron, el abuelo se murió, el campo se vendió y ahora vienen unos preciosos productos y aparatos, sillones de masajes y camillas piedras de jade, que reemplazan el artesanal auto rascado.

Yo creo que esencialmente toda la batería de productos y personas que hacen que te sientas mejor, son solo reemplazantes de tu pareja que no hace, o bien no desea hacer, o bien no hace lo que debe hacer, que es encargarse el o bien misma de tu espalda.
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Entonces aparece el masajeador no sé qué de llame ya: una cosa espantosa que enchufás y que te sacude inmisericorde tanto como aguantes la desapasionada tortura de una cosa que se mueve sola hasta el momento en que te aburras. Y, uno se aburre… ¿Qué sentido tiene estar contracturado y descontracturarse solo?

Aparecen asimismo esos productos semiorientales para masajear: rolitos de madera, manoplas con púas redondeadas, el renombrado knut o bien látigo con puntas de metal y otras beldades aproximadamente sadomasoquistas, aproximadamente legales, aproximadamente agradables.

Requieren la mayor parte de ellas del activar de un humano, con lo que si no asumiendo por completo la labor de hacerte masajes, cuando menos hay alguien allá para lanzarle nuestros ah, oh, ahí sí y otros. Lo demás puede venir además.

Entonces tenés las máquinas de ejercicios, que tienen situaciones y libros con fotografías donde te aconsejan semejantes posturas para conseguir progresar tu físico, tu estado físico, tu autoestima. Lo peor es que siempre y en toda circunstancia en las propagandas y en las fotografías los modelos son modelos, tipos que toda la vida tuvieron unos abdominales recordables y unos lomos de novela. Y uno es la cosa informe que es. Resultado: al rato la máquina de lo que sea queda descuidada por siempre y vos asimismo. Proseguís con exactamente la misma contractura de siempre y en todo momento y exactamente la misma ausencia de mano humana fiable que accione para sacártela. A la contractura, me refiero.

Asimismo vienen esos alambres para la cabeza y uno semeja que tiene una cascarilla de banana metálica subiendo y bajando por la cabeza, tratando de no meter una de los puntas en el ojo o bien en el pabellón de la oreja, por el hecho de que un patinón inapropiado puede hacerte doler.

Entonces tenés todos y cada uno de los que se especializaron y sos masajistas de veras, estudiaron dónde corno están tus puntos sensibles y problemáticos -por el hecho de que resulta que ahora no es que tenés la espalda hecha bolsa, sino pasas por una situación personal adversa: huaaaa….- y te cobran cincuenta mangos la sesión para dejarte nuevito y listo para regresar a agobiarte nuevamente, con la velocidad que te caracteriza. El masajista pasó a ser tan preciso como la enfermera y el tipo entra más en tu casa que tu hijo o bien tu vieja. Y no afirmaré más.

Eternamente, de lo que se trata es de estar mejor, de poder aguantar las agresiones incesantes de un exterior invasivo -huaaaa, nuevamente-, de que al fin ese necio de tu marido se entere que si no se encarga personalmente, otro lo va a hacer. Yo, por servirnos de un ejemplo, siento que de redactar tan veloz y contra el plazo de entrega, contra las admoniciones mismas de mis jefes, siento como una contractura enorme en la espalda, aquí, justo aquí, mirá…

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