Restaurante Emilio, a la conquista de Polanco

Alguien por ahí lo había mencionado no hacia mucho, por eso cuando un buen amigo chef me invito a comer lo primero que vino a mi mente fue el restaurante Emilio en Polanco, ninguna otra compañía hubiera sido mejor para conocer este lugar por primera vez, propiedad de un hombre emprendedor y de mucha lucha y trabajo, quien ha logrado conseguir el reconocimiento y cariño de todos quienes hemos ido hasta el sur para gozar de sus creaciones: Alberto Ituarte.

Pero bueno, ir a comer con un chef también reconocido y precursor de la restauración en México no es cosa fácil, no se que pasa con estos personajes que siempre encuentran lo malo o el error en cosas que uno a veces pasa desapercibidas, claro, es que ellos se dedican a esto y saben como deben ser las cosas. Afortunadamente no hubo observaciones (que jamás críticas, al menos de parte de cocinero) y junto con él pude ir disfrutando de lo que Alberto Ituarte nos ha traído hasta Polanco con el restaurante Emilio.

El restaurante Emilio tiene dos personalidades, la de la planta baja es un espacio más casual, donde podemos compartir entre varios platos más sencillos como pizzas, paninis, botanas y disfrutar de nuestras bebidas favoritas. Ahí encontré gente más joven, y otros que no lo son tanto pero les gusta un poco más de algarabía en el ambiente.

La otra personalidad del restaurante Emilio es digamos, mas formal y sibarita, sin ser necesariamente seria, pero en este espacio de la parte superior del inmueble vamos a encontrar esos platillos por los que Alberto Ituarte y su equipo de cocineros se han hecho tan famosos y con los que han conquistado a muchos de nosotros. Aquí la decoración es más cuidada y dentro de su elegancia uno se siente cómodo, pero desde la vista uno sabe que lo que uno desee se hará realidad tanto en la comida como en la bebida.

La luz que entra por los grandes ventanales nos dejan admirar el entorno y la hermosa vista que el Parque Lincoln ofrece a los que tienen la fortuna de estar localizados en uno de los lugares más famosos de Polanco, y yo lo prefiero por mucho, a veces estar a nivel de la calle implica tener que estar lidiando con vendedores ambulantes, el ruido de los autos y la gente que transita por la calle, desde lo alto del restaurante Emilio, puedo admirar una de mis zonas favoritas de la ciudad sin tener a la gente sobre mi plato, los manteles de cuero para mesa o las paneras de cuero.

El banquete fue excepcional y dio inicio con un trío compuesto por: Taco de pato confitado, Corqueta de jamon y Buñuelo de bacalao, unas tapas de tamaño perfecto para poder disfrutar de más y más. El segundo era un cuarteto, y estaba compuesto por: Brandada de bacalao, Crostini de salmón, Foie con higo caramelizado y Pantomate con bonito del norte y anchoa. Miren, cuando uno ve que el compañero en cuestión, que además es cocinero, devora cada una de las tapas, y ni se molesta por preguntar que tal le ha ido a una en la semana, significa que están maravillosas, y a decir verdad, yo tampoco quería contarle nada, estaba absorta disfrutando cada una de las tapas frente a mi y solo me concentraba en saborear despacio cada una de estas. “Buenas, muy buenas” fue su comentario mientras yo sonreía de saber que no me había equivocado en escoger el lugar.

Lo bueno de ir acompañada de alguien que gusta de comer bien es que no hay quejas cuando uno quiere seguir probando más platos, y es que yo no me iba a quedar con las ganas de esos Tacos de Lechón que le quedan tan bien al chef al frente de la cocina del restaurante Emilio. La carne suave, jugosa, deliciosa, tres taquitos que no se en que momento desaparecieron del plato. Podría haber pedido más, pero tenia en mente probar dos platos más.

El Canelon de Ribeye fue una recomendación del chef y uno no puede hacerle el feo a algo que él mismo garantiza como una delicia, y así fue, la pasta en cocción perfecta envolviendo a la exquisito ribeye cubierto con una salsa cremosa, si, efectivamente muy rico.

Arroz con bogavante, uno no puede ir a un restaurante de cocina vasca y no probar un arroz con bogavante, y aunque dejamos la mitad del plato (solo pedimos uno para los dos) por estar a punto de no tener espacio para el postre, valió la pena hacer este último esfuerzo por probar uno de los platillos insignia de este lugar. Es imperdible, y la consistencia, cocción del arroz y el sazón del mismo son de aplausos. Ojo, si lo piden no se llenen de muchas entradas, una será suficiente si es que no piensan compartir el arroz porque la porción es muy grande.

El gran final y por el que nos enfrentamos a un duelo a cucharadas mi acompañante y yo fue el Fondant de Chocolate con helado de vainilla, y cuando digo que nos enfrentamos a un duelo de cucharas es que literal así fue, desde el primer bocado mi compañero chef puso tal expresión en la cara que solo alcanzo a decir algo así como “Maravilloso”, la verdad es que no le entendí muy bien porque entre que se metía otra cucharada más y su acento entre francés y español me confunde, solo vi como discretamente tomaba el plato y lo acercaba más a él y entonces fue cuando a cucharadas luchamos por el último bocado. Supongo que el mesero se habrá reído de nosotros dos mientras veía como tironeábamos del plato para tener una cucharada más que el otro.

La tarde se hizo noche y fue momento de pedir la cuenta, sin darnos cuenta habíamos pasado más de 4 horas felices comiendo acompañados de una botella de buen vino español del Somontano y un par de cafés. Platicamos poco y comimos mucho, no se si eso habla bien o mal de nosotros dos como compañeros de mesa, o echarle la culpa al chef que nos tuvo tan encantados con la comida que nos mantuvo la boca ocupada.

El restaurante Emilio es garantía de servicio, excelente comida y un ambiente muy agradable. Sin duda llegará a ser un clásico como sus hermanos del sur, y yo agradezco en estas lineas, que Alberto no haya quitado el dedo del renglón hasta conseguir este local en Polanco, y poder gozar de sus platillos ahora más cerca de casa.

Tag: menu carta restaurante

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